Admito que no sé casi nada de baloncesto; que ver un partido entero se me hace cuesta arriba; que el reglamento, cuándo es falta personal y cuándo no, se me antoja un galimatías; confieso que cuando era niño, la imagen en la televisión de unos tipos altísimos embutidos en una camiseta de tirantes me transmitía inquietud y desconfianza. Reconozco, sin embargo, que mi condición de ultra–nacionalista pixaví me convierte, automáticamente y por decreto, en hincha del Units. Puedo afirmar que me gusta más el Units pel Bàsquet (antes Gandia Bàsquet), que el baloncesto. Ya saben, si existe un campeonato internacional de petanca para jubilados y participa un equipo de Gandia, yo estaré siempre, e incondicionalmente, con los jubilados gandienses; si se celebra una carrera de caracoles, un gran slam gasterópodo, y participa en ella un caracol con la G (de Gandia) dibujada en su caparazón, no duden de que allí estaré apoyando al caracol gandiense.
Pero, creo que me he metido en un jardín…no es mi intención comparar al baloncesto con la petanca, ni con las carreras de caracoles (en caso de que esta actividad sea considerada un deporte). Al contrario, reconozco que no hay un deporte más emocionante e infartante que un partido de baloncesto igualado, con un ascenso o un título en juego, resuelto en los últimos minutos.
Encontrar una excusa para insertar este artículo en un blog dedicado en exclusiva al Club de Futbol Gandia no resulta tan complicado. En la temporada 1987/88 el Gandia, en pleno auge tras el debut en Segunda B de la temporada anterior y aprovechando el boom baloncestístico que vivía España a mediados de la década de los 80, había creado una sección de baloncesto, apadrinando al Club Baloncesto Gandia.
El CF Gandia Lejía Las Dos Palmas jugaba en la Tercera División Nacional, y su gran rival estaba a la vuelta de la esquina: era el Nou Bàsquet Vital-Dinos, el otro equipo de la ciudad. Ambos jugaban en el minúsculo Pavelló dels Esports, del carrer Ròtova, un almacén reconvertido en pabellón deportivo que disponía de una única grada, situada en uno de los fondos. Los dos equipos gandienses protagonizaban derbys encarnizados bajo un ambiente tenso donde destacaba un grupo de chavales, hinchas del Nou Básquet, que se hacían llamar Bogeria Verda, una suerte de ultras del baloncesto que animaban sin descanso y desde el primer segundo. El patrocinio del CF Gandia no tuvo continuidad, pero el CB Gandia y el Nou Bàsquet siguieron disputando, en los siguientes años, apasionantes derbys.

En el baloncesto, a diferencia del fútbol, la liga regular es un mero trámite. Donde se corta el bacalao, donde se decide la temporada, es siempre en las fases de ascenso y los play-offs: sin duda, el momento más esperado y decisivo de la campaña. Mi primer recuerdo de un play-off fue en la temporada 1992/1993. El CB Gandia luchaba por el ascenso, pero no sólo a una categoría superior, sino a la máxima categoría, la Liga ACB; palabras mayores.
El Ferromar-Tano Gandia debutaba esa temporada en la Primera División Nacional, el segundo escalón del baloncesto español, consiguiendo, sorprendentemente, una plaza para acceder a la lucha por el ascenso. En cuartos de final, los gandienses se enfrentaron al filial del FC Barcelona, el Cornellà, entrenado por Manolo Flores, mítico ex-jugador y entrenador del equipo blaugrana. El Gandia jugaba ahora en el Pavelló d’ Usos Múltiples, inaugurado un año antes, que sustituía al modesto Pavelló dels Esports, que acabó, tristemente, convertido en un garaje.
El nuevo recinto tenía una peculiaridad que no pasó desapercibida para el entrenador del Benetton de Treviso (era Petar Skansi?), el potente equipo italiano que visitó Gandia en la época para disputar un partido amistoso. En la anécdota, relatada por César Banyuls, entrenador gandiense, en Radio Gandia, el técnico del equipo italiano sugería sarcásticamente: » la madera debería estar aquí, no allí», señalando con el dedo, primero al suelo, y luego al cielo. En efecto, en el nuevo recinto gandiense la pista carecía de parquet y, sin embargo, cubría el techo una cubierta de madera importada del Canadá, que había costado un potosí…
El Cornellà demostró ser superior al Gandia, ganando los dos primeros partidos de la serie al mejor de tres, y consiguiendo el pase a las semifinales. Si el Gandia hubiera derrotado al equipo catalán y, posteriormente, en semifinales, a El Monte Huelva, hubiera conseguido el ascenso a la Liga ACB. Paradójicamente, el Cornellá, que venció al Huelva en la eliminatoria final, tuvo que renunciar al ascenso, precisamente porque su condición de filial le impedía participar en la máxima categoría.

En la temporada 2000/01 el Gandia Bàsquet, surgido en 1994 de la fusión del CB Gandia y del Nou Bàsquet, había sido invitado a inaugurar una nueva competición, la Leb Plata, el tercer escalafón del baloncesto español. El equipo, presidido por el peculiar Josep Gomar Tano (que reconoció siempre sin pudor que no tenía ni idea de baloncesto) y entrenado por el mítico Isma Cantó, se iba a convertir en un habitual de los play-off de ascenso, consiguiendo, por fin, el objetivo deseado en la temporada 2005/06 después de superar en la eliminatoria decisiva a un viejo rival: el Cornellà. Sin embargo, de todos aquellos play-offs de la Leb Plata, sin duda, el mejor, el más apasionante, polémico e inolvidable, tuvo lugar, unos años antes, ante el Tarragona.
El CB Tarragona-Aguas de Valencia Gandia era el duelo más igualado de las semifinales de los play-offs de la temporada 2001/02. El equipo catalán había sido segundo en la liga y el Gandia tercero, y se medían en la eliminatoria decisiva por el ascenso después de eliminar en cuartos de final al Redcom Porriño los tarraconenses, y al Valls Félix Hotel los gandienses. La eliminatoria se disputaba al mejor de 5 partidos, y el Tarragona disfrutaba de la ventaja de jugar como local los dos primeros choques, además del quinto, en caso de ser necesario. Sin embargo, el favoritismo tarraconense quedó en entredicho después de que el Gandia, en el que destacaban jugadores como Pablo Rivero, J.J.Llamas, Amat, o los jugadores de La Safor, Juanjo Triguero y Perfecto García, se impusiera en el primer partido de la serie. Con 1-1 en el play-off (el segundo partido lo ganó el Tarragona), el tercer y cuarto choque se iban a jugar en Gandia y, en caso de ganarlos, el equipo de Isma Cantó se convertiría en nuevo equipo de Leb Oro.
El pabellón gandiense tenía fama bien merecida de ser un sitio caliente. La reducida capacidad del recinto (1.500 personas) y el hecho de que el ruidoso público, curtido en partidos intensos desde los tiempos de los derbys del pabellón del carrer Ròtova, estuviese muy encima de la cancha, convertían al reciento gandiense, en las grandes ocasiones, en una auténtica olla a presión.
El tercer partido de la serie se jugaba un lunes, 20 de mayo de 2002, y pese a ello, el pabellón estaba lleno a rebosar. Se habían habilitado sillas de plástico detrás de las canastas para aumentar la capacidad del recinto, lo que ayudaba a incrementar la presión desde la grada.

El partido, como se esperaba, fue muy igualado y con continuas alternancias en el marcador: un auténtico partidazo. Los dos equipos se emplearon a fondo desde el primer segundo en un duelo en el que, indudablemente, podía ganar cualquiera. Los últimos minutos, escasamente recomendables para enfermos cardíacos, fueron apasionantes. La charanga, habitual en el pabellón, atronaba con sus instrumentos, intercalada por los gritos incesantes del público: Gandia Bàsquet!!!, Gandia Bàsquet!!!. El partido se decidió en la prórroga, y una serie de decisiones arbitrales discutibles encendieron los ánimos locales; la tensión se podía cortar con un cuchillo; aquel ambiente no tenía demasiado que envidiar a un Aris-Paok de finales de los ochenta en el pabellón Alexandrio de Salónica…
El Tarragona se escapó en el marcador en el último minuto de la prórroga y se impuso, finalmente, por 89-98, en un partido que el Diari de Tarragona calificó, al día siguiente, como «el infierno de Gandia». La pareja arbitral tuvo que refugiarse (refugiarse es la palabra más adecuada para describir la forma en que se produjo su salida de la cancha) en los vestuarios, ante la ira de los aficionados gandienses más enfervorizados. El Gandia perdía por 1-2 en el global y decía adiós a la posibilidad de conseguir el ascenso en casa.
La afición del Gandia Bàsquet, decepcionada y con la adrenalina aún disparada, abandonaba el pabellón. Tal era la cantidad de público, que se había formado un tapón en la única salida de la grada principal. Fue entonces cuando alguien identificó a Rafael Quintado, el presidente del Tarragona…
«Fill de p…» «sinvergüensa», » has comprat als àrbitres»… fueron algunas de las expresiones con que fue ametrallado el presidente del Tarragona, rodeado por aficionados coléricos, en su intento por abandonar el Pabellón. Sin duda, la rápida intervención de Tano, el carismático presidente del Gandia, fue determinante para evitar males mayores, para impedir, quién sabe, que aquel señor saliera del pabellón por los aires en dirección a la cercana piscina del polideportivo, que por entonces era aún descubierta. Tano rodeó con su brazo el hombro del presidente del Tarragona y le acompañó hasta la salida, mientras musitaba palabras tranquilizadoras a su acompañante y trataba de calmar los ánimos de quienes les rodeaban en aquel guirigay.

No es descartable que, una vez pasado el peligro, Tano, con su particular bonhomía, obsequiara al presidente del Tarragona para el viaje de vuelta con una buena provisión de los míticos pastissets de Tano (mitja dotzena de tomaca i mitja dotzena de pessols). Tampoco se puede descartar que le transmitiera su particular filosofía: la importancia (pese al susto sufrido) de ser feliçets.
Fueron necesarias dos prórrogas, pero ganamos el siguiente partido, el cuarto, disputado dos dias después. Un partido en el que el presidente del Tarragona, ejem, excusó su ausencia. Yo fui uno de los doscientos aficionados de Gandia desplazados a Tarragona para presenciar el quinto y definitivo choque. La policia nos escoltó hasta el pabellón en previsión de que los aficionados locales correspondieran con similar hospitalidad a la recibida por su equipo en Gandia, pero al final no pasó nada. El Tarragona, entrenado por Porfirio Fisach, que era un gran equipo, se impuso con justicia y consiguió el ascenso. En el viaje de vuelta, paramos para cenar en una estación de servicio y coincidimos con los jugadores del Gandia. Rosa López cantaba en la televisión del restaurante el «Europe’s living a celebration» en Eurovisión, pero no nos importaba. El sueño del ascenso se había esfumado en el último partido, y todos estábamos tristes.
Han pasado más de 20 años desde aquel magnífico partido de baloncesto, que dejó no pocas imágenes grabadas en mi memoria. Pero de todas de ellas, la que sigo recordando con más nitidez, con más precisión, es la expresión en el rostro de aquel señor, el presidente del Tarragona, al intentar abandonar el pabellón rodeado de airados aficionados gandienses. Su cara, desencajada, un auténtico poema, era el reflejo del miedo; de auténtico y puro miedo.
Xavi Martí- Futb…Bàsquet en la Ribera del Serpis.

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