ASMA, KIOSKO XIMO Y EL PEOR DESPLAZAMIENTO DE LA HISTORIA.

El asma en mi infancia llegaba sin avisar. Yo me acostaba con buena salud y me despertaba, horas después, de madrugada, entre horribles pesadillas y con una angustiosa sensación de ahogo. Cada vez que respiraba con fuerza surgían de mis pulmones las famosas sibilancias, los «pitos», la desagradable banda sonora de los primeros síntomas de una crisis asmática. A duras penas, conseguía levantarme de la cama y me dirigía a la habitación de mis padres. Me quedaba de pie, junto a su cama, en silencio, durante unos segundos, contemplando cómo dormían plácidamente, hasta que me decidía a quebrar su descanso para anunciarles la mala noticia con un lacónico: «m’ ofegue».

Era entonces cuando se actibava el gabinete de crisis acostumbrado: mis padres se levantaban y se vestían precipitadamente, y mi padre acercaba nuestro Seat Fura a casa. Bajábamos a la calle, subíamos al coche y recorríamos el Passeig de les Germanies en dirección al Hospital. Yo, con la ventanilla bajada, acaparaba bocanadas de aire fresco de la noche que aliviaban mi fatiga, mientras escuchaba a mis padres lamentarse en un murmullo: «ai senyor, pobre xiquet…».
En el hospital, un médico de urgencias me reconocía y me devolvía a casa, a condición de tomar una medicación y de guardar reposo durante una semana.

Ser el pequeño de la familia y tener unos padres bondadosos eran los términos necesarios que conformaban una ecuación resuelta de forma inmejorable para mí: mi reposo resultaba un periodo placentero y de absoluta felicidad; durante una semana yo vivía una vida despreocupada y opulenta; a cuerpo de rey; como un auténtico marahá; como un marqués.

Mi rutina matinal comenzaba, al despertarme, trasladando instrucciones precisas a mi madre: «porta’m del forn un pastisset de tomaca, i després ves a Ximo i compra’m l’ As, i de tiro pregunta si ja ha vingut el Don Balón…»

Mencionar el Kiosko Ximo me obliga a hacer un alto en el relato. Ximo era más que un kiosko. Era un templo de felicidad al que yo peregrinaba religiosamente todas las semanas en busca de periódicos y revistas de música y de fútbol, que coleccionaba con devoción. Allí compré millones de ejemplares de Don Balón, Rock de Lux, Ruta 66, Factory… las magníficas películas o libros coleccionables de El País o de El Mundo. Allí era donde mi padre compraba La Hoja del Lunes, en cuyas páginas, con grandes fotografías en blanco y negro, yo leía con fervor las crónicas de los partidos del Gandia y repasaba detenidamente los resultados de las categorías regionales. Ximo era un pequeño local situado en la Avinguda del Marqués de Campo, en uno de los bajos del edificio de les Escoles Píes. En el suelo de aquel sitio descansaban, apiladas, montañas de periódicos separadas por cabeceras, que se vendían a centenares, y en sus atestadas estanterías, que llegaban casi al techo, podías encontrar prácticamente todo aquello que se publicaba en España: desde las revistas más importantes hasta las publicaciones más underground, pasando por las revistas de «fotos atrevidas», que cantaban Siniestro Total en aquella canción,»La revista», de su gran primer disco, de cuando eran punkis.

Ximo podía ofrecer algunas veces, en sus estanterías, pequeñas sorpresas que deparaban grandes alegrías, y que provocaban que yo regresara a casa con el entusiasmo que produce un ballazgo inesperado: un día podía ser un número de la revista de música Spiral (con CD de regalo); otro día el Anuario de Fútbol de la temporada 1989/90.

En este bajo de la Avinguda Marqués de Campo estuvo muchos años el Kiosko Ximo. Allí, muchos días, fui feliz.

Personaje entrañable, trabajador estajanovista del comercio de la prensa, Ximo abría durante toda la jornada y apenas cerraba dos días al año: el día de Navidad y el primer día del año. Ximo no era Ximo, se llamaba en realidad Domingo Ferrandis y falleció en 2023, unos años después de jubilarse y de echar la persiana a un kiosko que vivió unos últimos años en franca decadencia, motivada por el hundimiento del sector.

Recuerdo todavía la pequeña figura de Ximo, ataviado en invierno con una gorra, con camisa de franela a cuadros, y sujetando permanentemente en su boca un purito, mientras te despedía con una media sonrisa y te entregaba el cambio: «gràcies, bonico, ací tens».

Ximo era, pues, el suministrador de prensa deportiva con la que yo pasaba la mañana gratamente recostado en la cama. Mi casa olía al putxero o al arròs caldós que mi madre preparaba con esmero mientras canturreaba canciones de Julio Iglesias o de Machín, inventándose las letras. En mi habitación, defendiendo permanentemente la pared, colgaban dos pósters con la imagen de dos grandes porteros: Luis María Arconada, el mejor portero del mundo, ídolo del entrañable  estadio de Atocha, donde la afición de la Real Sociedad coreaba aquello de «no pasa nada, tenemos a Arconada», y  Jean Marie Paff, portero de la sorprendente selección de Bélgica que dió la gran sorpresa al derrotar a Argentina en el partido inaugural del Mundial’82; una victoria que celebré entusiasmado, tomando seguramente conciencia ,sin saberlo, a mis 9 años, de una de mis premisas innegociables en el fútbol (y también en la vida): nunca con el poderoso, siempre con el pequeño.

Por la tarde, después de comer, coincidiendo con el comienzo de la programación televisiva infantil, abandonaba mis aposentos (ejem) y me disponía a seguir con mi placentera rutina ante el televisor, mordisqueando un bocadillo de Nocilla mientras veía Barrio Sésamo o aquel extraño programa, El Planeta Imaginario, cuyo protagonista, Muc, no existía.

Extraer algo positivo de la enfermedad era, sin duda, necesario para reparar una triste consecuencia. El asma había dinamitado mi carrera futbolística (suenan risas enlatadas), antes siquiera de comenzar. Mis padres, sobreprotectores, me habían prohibido jugar a fútbol, y cada vez que era descubierto en pecado capital («No jugar a fútbol»), sufría los reproches de mi madre, que sentenciaba sus reprimendas siempre con la misma la frase: «tú no pots agarrar acaloraes».

Sufrir una crisis asmática era, ciertamente, desagradable el primer día, pero…maldita sea, después tampoco estaba mal. Nada mal.

Luis Miguel Arconada. «No pasa nada tenemos a…».

Después de seguir un tratamiento que duró varios años, el asma desapareció de mi vida cuasi milagrosamente. Pero yo ya tenía adjudicado (y bien ganado) el sambenito de persona enfermiza. Una condición que desarrollé con intensidad en mi juventud; superado el asma, sufrí durante los años siguientes rinitis alérgica (era alérgico al polvo doméstico), recurrentes faringitis, gripes, resfriados de diverso pelaje y, por si fuera poco, migrañas que con los años acabaron cronificándose. Parecía que mi sistema inmunológico, que habría de par en par y sin presentar batalla las puertas de mi organismo a todo tipo de males, había decidido declararse en huelga permanente; o se había tomado unas vacaciones indefinidas.

Salir a la calle habiendo olvidado en casa el pañuelo y la pastilla podía ser motivo de ansiedad, de auténtico pánico. Yo era entre mis amigos el pupas, el que sempre està malaltel niño burbuja.

Pero, se preguntarán ustedes qué diablos tienen que ver mis enfermedades con el fútbol y con el Gandia. Lo entenderán en las próximas líneas.

EL DESPLAZAMIENTO MÁS DESASTROSO DE LA HISTORIA.

Un Ontinyent-Gandia en El Clariano era siempre un clásico, un partido de la jornada, un partido de una maxima rivalidad fraguada a lo largo de décadas, que había comenzado en los años treinta con aquellos enfrentamientos entre el CD Gandia y el Ontinyent FC; aquellos desplazamientos a Ontinyent donde el autobús del Gandia debía ser escoltado por la Guardia Civil en el camino de vuelta, hasta llegar a Albaida, y donde los hooligans ontinyentins mostraban su especial simpatía hacia el equipo gandiense aflojando las tuercas de las ruedas del autobús.

En la temporada 2002/2003 Gandia y Ontinyent, equipos históricos en horas bajas, militaban en Tercera, luchando por regresar a Segunda B. Entrenaba al Gandia, con muchos jugadores canteranos en sus filas, el mito blanquiazul de los ochenta Franco Borràs. El Ontinyent-Gandia de esa temporada se disputaba un día festivo entre semana, Viernes, y conseguí convencer a dos amigos, que como la gran mayoría de mis amigos no sentían especial interés por el Gandia, para hacer algo diferente y acudir a El Clariano.

Pero, sobre todo, tuve que convencer a mi hermana para que me dejara su coche. Yo tenía por entonces un desastroso Renault 5 que había comprado de segunda mano por 250.000 pesetas, el coche más barato del mercado de ocasión. La satisfacción por el hallazgo, el supuesto chollo, duró exactamente una semana: el día en que subí con él hasta La Llacuna y me dejó tirado. Ese día comprendí que con ese coche no podría ir muy lejos. El maldito coche era una fuente inagotable de problemas, un pozo sin fondo de gastos en reparaciones. El mecánico al que frecuentaba se frotaba las manos, y en sus ojos brillaba el símbolo del dólar, cada vez que aparecía por su taller del carrer Sant Rafael. Mi mecánico tenía siempre el gesto amable de hacerme albergar esperanzas: «deixame’l i li  pegue una mirà…igual és una bobà, però si es la tròcola (o cualquier otra parte del coche de cuya existencia yo no tenia ni la más remonta idea)…malament». Cuando regresaba al día siguiente al taller, como no podía ser de otra forma, era la trócola.

Aquel coche murió consumido en la Carretera del Grau, muy pocos años después de comprarlo, un día en que empezó a salir incesantemente humo del capó. Cuando la grúa se lo llevó para depositarlo en el desguace sentí pena: no había podido reutilizar la pegatina con el escudo del Gandia que llevaba en la parte trasera.

Salimos con tiempo de Gandia confiando en llegar a Ontinyent siguiendo las indicaciones de la carretera, y con el vago recuerdo de un viaje anterior a la capital de La Vall d’ Albaida, un par de años antes. Estábamos, recordemos, en el año 2002, y los teléfonos móviles de la época, que pesaban unos 30 kilos y que cabían con dificultad en el bolsillo, eran sólo eso, teléfonos; el GPS, en la época, era cosa de ciencia ficción, casi de brujería.

Finalmente, tras imprecisiones y algunas dudas, llegamos poco antes del comienzo del partido, aunque con un detalle menor; una nimiedad; algo insignificante; sin importancia…no estábamos en Ontinyent. Sino en Xàtiva.

Tuvimos que desandar el camino rápidamente, pero cuando llegamos al campo del Clariano el partido ya llevaba casi 30 minutos de juego y perdíamos por 2-0. Poco antes del descanso el Gandia redujo distancias y afrontamos la reanudación con la esperanza de conseguir, al menos, el empate.

Pero la segunda parte fue una pesadilla. No porque fuera un partido especialmente malo. Ni porque el Gandia hubiera sufrido una estrepitosa goleada, sino por la aparición de un nuevo imprevisto: la cazadora vaquera con la que alegremente había salido de Gandia bajo un agradable día primaveral, dificilmente podia paliar el frío invernal de la Vall d’ Albaida. Estábamos en el mes de noviembre, y en Ontinyent, al caer la noche, hacía un frío que pelaba…

El Gandia dominó el partido en la segunda mitad, pero el Ontinyent se defendió bien y concedió pocas ocasiones, mientras yo, acurrucado en mi asiento, aterido de frío, sentía en mis huesos el significado de la expresión «quedar-se gelat com un poll», con lo que ello podía, inevitablemente, suponer para mi frágil salud. No hubo más goles y el Gandia acabó perdiendo por 2-1. Tras finalizar el partido llegué aliviado al calor del coche, pero con un incipiente dolor de cabeza que presagiaba cosas que, difícilmente, podían ser buenas.

Estadio El Clariano. Infausto recuerdo.

Emprendimos el camino de vuelta a Gandia. Salimos de Ontinyent con precaución, con suma atención, con detenimiento, confiados en que no podía volver a pasar, en que no podíamos volver a equivocarnos. Sin duda, cumplimos con el objetivo y no volvimos a Xàtiva.
Acabamos en Cocentaina.

Intentamos dar la vuelta, pero era demasiado tarde. A medida que nos acercábamos a Cocentaina (y por tanto nos alejábamos de Gandia) la carretera se llenaba de más y más coches, la circulación se hacía más y más lenta. Sin duda, los astros se habían posicionado en contra nuestra para que toda saliera mal: esa maldita tarde era la del 1 de noviembre, festividad de Tots Sants, el día en el que se celebraba la famosa y concurrida Fira de Cocentaina, que provocaba un monumental atasco en las carreteras de las inmediaciones de la población.

Con el frío, con la tensión, con la frustración, mi dolor de cabeza progresó rápidamente hasta convertirse en una migraña en toda regla. El dolor martilleaba sin piedad mi sien y yo comenzaba a sentir unas náuseas horribles que acabaron por obligarme a detener el coche en el arcén. Recuerdo, mientras vomitaba, el frío golpeando mis mejillas y las miradas curiosas de los ocupantes de los coches que nos adelantaban lentamente y que, seguramente, imaginaban: » mira eixe,segur que estarà bufat»…

Conseguimos, finalmente, salir del atasco, entrada la noche. Mi amigo Carlos conducía el coche en direccion a Gandia (ahora sí), y yo iba en el asiento del copiloto, convertido en una cataplasma. En mi cabeza planeaban, incesantes, sendos interrogantes: por qué no habíamos seguido el plan inicial de quedarnos en Gandia para ver una pelicula en los multicines Cristina del carrer Nou d’ Octubre? y por qué diablos tenía que ser yo del Gandia?.

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